Si existiera un panteón para enterrar a los abortos cinematográficos, aquellos fetos fílmicos que pudieron representar una revolución en el panorama audiovisual de la época pero nunca fueron paridas por la luz de un proyector, podríamos visitar las tumbas de El Principito de Orson Welles y Walt Disney, Napoleón de Stanley Kubrick, La Máscara de La Muerte Roja de Akira Kurosawa o La Conquista De México, de Werner Herzog, por nombrar algunas.